La novia del capitán

La novia del capitán

Hay profesiones que parecen especialmente diseñadas para estimular algunos de nuestros sentidos o emociones. No hablaremos aquí de los cocineros y el gusto, los pintores y la vista, o de los jardineros y el olor. Ni siquiera de los militares y el patriotismo. Hoy me quiero referir a la curiosidad, al buscar siempre algo más allá. Y desde ya les digo que no hay lugar más interesante para una persona curiosa (algunos lo llamarían cotilla, lo puedo aceptar) que un archivo. Es un paraíso donde contemplar las vidas de personas que vivieron hace ya mucho tiempo.

Son muchos los libros y legajos de un archivo que tratan de personas, sus comportamientos, sus pequeñas historias. Ya sea un padrón vecinal, para ver cómo ha evolucionado el callejero de la ciudad y sus habitantes. O el registro de los objetos perdidos y depositados en el Ayuntamiento a la espera de su legítimo dueño. O quizás el libro de reclamaciones contra la empresa de autobuses municipales de los años 60 del siglo pasado (¡hay cosas que nunca pasan de moda!). Cada libro, cada legajo encierra una pequeña o gran historia a la espera de que alguien la rescate y nos la traiga de nuevo.

Ejemplo de esos libros, guardados en nuestro Archivo Municipal, son los que recogen los Juicios de conciliación ante el alcalde. Un trámite previo obligatorio, en el que las partes en conflicto comparecían ante la autoridad para intentar llegar a un acuerdo, antes de pasar a la vía judicial. Actualmente equivaldría a los actos de conciliación previos a los juicios, aunque aquí el alcalde podía dictar una ‘sentencia’.

Inicio del expediente del Capitán Santiago Mota

Pues bien, en el expediente número 2 del legajo 0006 aparece que, el doce de enero de 1852, el capitán del Batallón de Infantería de las Navas, Santiago Mota, de guarnición en la ciudad, expuso ante el alcalde que se había prometido con una chica de Badajoz, Francisca Pacheco. Algo muy normal, en principio. Sin embargo, la madre de Francisca no estaba muy conforme y se negaba a prestar su consentimiento. Ya se sabe que los militares hoy están aquí y mañana en cualquier otra plaza. Así que la madre no quería perder a su hija. Y, además, a saber quién y de qué familia era ese señor, pensaría ella. Y claro, el novio tenía miedo de que mientras le llegaba la licencia desde Madrid para celebrar el matrimonio, la madre convenciera a Francisca de romper el compromiso. Así que el capitán solicitaba que la joven fuera depositada (ese es el término exacto utilizado, como si fuera un paquete) en una casa fuera del alcance de su madre, para evitar «las sugestiones y el castigo que su madre pudiere poner en juego para disuadirla» de tal boda. El alcalde accedió de inmediato. Lo de dejar una novia ‘en depósito’ no era tan raro como nos pueda parecer ahora, sino algo más o menos común.

Por tanto, el mismo día se presentó en casa de Francisca la comitiva, formada por el alcalde, Manuel María Albarrán, junto con el secretario del Ayuntamiento y un alguacil, por si las moscas. La madre no opuso ninguna resistencia, Francisca salió de su casa y fue trasladada a la de don Manuel Márquez y Vélez, «a quién se le entregó en formal deposito», prohibiéndole que Francisca hablara ni con su madre ni con su prometido hasta que se resolviera la situación. Pero no quedó ahí la cosa.

Apenas veinte días después, don Manuel Márquez escribió al alcalde diciéndole que lo sentía mucho, que no podía seguir haciéndose cargo de Francisca. Que necesitaba la habitación para un hijo (¿dónde habremos escuchado antes esa frase?). Así que de nuevo la comitiva, con los mismos integrantes, pasó a recoger a Francisca para trasladarla a la casa de María Calzado, mujer de intachable conducta, en la calle de San Agustín, donde quedó de nuevo depositada. Se conservan incluso las diligencias del depósito, una certificación oficial firmada por María Calzado haciéndose cargo de Francisca.

¿Y qué pasó al final? ¿Se casaron o no? Pues… no lo sabemos. El expediente no dice nada. Y no hay registro de la boda entre Santiago y Francisca en los libros de matrimonios del Registro Civil de los tres años siguientes. Tampoco murió ninguno de los dos, según esos mismos libros del Registro. Tal vez la madre convenció finalmente a Francisca de que un militar no era el mejor partido. O puede que trasladaran a Santiago y se casaron felizmente en otro lugar (¿invitarían a la madre?). O quizás Francisca no estuvo muy de acuerdo con eso de ser tratada como una simple mercancía que se deposita en una u otra casa y mandara al pobre capitán Santiago Mota a freír espárragos.

Y esa es también una de las grandes maldiciones de los usuarios de un archivo: quedarse en ocasiones a medias de las historias, con el suspense, esperando un giro dramático que, en la vida real, muy pocas veces ocurre. Pero sí sabemos que entre 1852 y 1853, en apenas un año y medio, otros dos capitanes del mismo regimiento de Infantería de Las Navas se casaron con jóvenes de Badajoz. No sé, ahí parecía haber un patrón…

 

Publicado originalmente el 07/10/026 en La Cronica de Badajoz


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