Buceando en nuestro archivo

Buceando en nuestro archivo

Siempre es una responsabilidad presentarse ante un auditorio. Hay una especie de vértigo ante la posibilidad de no estar a la altura de lo esperado, de defraudar las expectativas puestas en uno. Qué quieren que les diga, así me siento ahora mismo ante ustedes. Aunque en mi caso, pesa mucho más la ilusión por compartir con todos los lectores algunos retazos de nuestra historia común. Pero lo primero, cuestión de cortesía, es presentarse.

Soy Carlos Sánchez, desde hace algo más de un año soy el archivero municipal del Ayuntamiento de Badajoz. Sí, el ‘sucesor’ de María Dolores Gómez-Tejedor, quien ha dado su nombre para la posteridad al edificio del Archivo Histórico Municipal, en la plaza de España. Y eso, lo crean o no, es también una gran responsabilidad para mí, pues hay que conjugar el imponente legado de esa recordada archivera con la necesaria actualización del archivo municipal a los nuevos tiempos, a las nuevas prácticas archivísticas en la era de la IA. El tiempo podrá decir si lo hemos conseguido.Pero no quiero hablar más de mí, con esa breve introducción ya pueden situarme. Lo que realmente importa es el para qué de las palabras que cada quince días podrán leer en estas páginas. Verán, en un archivo hay miles, literalmente miles de historias. Cualquier archivo, por pequeño o grande que sea, guarda entre sus fondos un sinfín de relatos a la espera de que alguien sepa o quiera descubrirlos. Nuestro archivo municipal (pues es de todos) no es una excepción. Su objetivo teórico es recoger toda la documentación generada por el Ayuntamiento de Badajoz en el ejercicio de sus funciones. Y pocas instituciones tienen más funciones y más diversas que un ayuntamiento. Que además nos atañen a todos: gestionar una ciudad, recaudar impuestos, ordenar su crecimiento, atender a los desfavorecidos, favorecer la cultura, organizar sus fiestas, cuidar de la limpieza viaria, promover la economía local, impulsar el turismo… Incluso hay funciones que ya no se realizan pero que en el pasado tuvieron una gran importancia, como las quintas (cualquier varón mayor de 60 años recuerda cuándo se talló en el ayuntamiento de su ciudad), el control de la ganadería, los juicios o el propio registro civil. Todas esas actividades esconden tras de sí innumerables historias a la espera de ser contadas.

Pues de eso va a ir esta columna. De las historias que esconde nuestro archivo en particular, el Archivo Histórico Municipal de Badajoz (me permitirán que lo nombre, para abreviar, como AHMB). Pero con una premisa muy clara por mi parte. Huiré de los grandes titulares, de las grandes historias. No me interesan, y a ustedes seguro que tampoco, los diarios de sesiones de aprobación de los presupuestos, o los áridos expedientes de tesorería o intervención, tan necesarios por otra parte. Las grandes historias, podemos decir. En cambio, centraré mi atención en las pequeñas historias de gente corriente que podemos escudriñar a través de la documentación municipal a lo largo de los siglos.

Sala de investigadores del Archivo Histórico Municipal de Badajoz

Sala de investigadores del Archivo Histórico Municipal de Badajoz

Me interesan, y seguro que a ustedes también en cuanto las conozcan, las humildes limpiadoras de los ‘evacuatorios’ que hasta hace unos años existían en las plazas de España, la Soledad o San Atón, y los tickets que era necesario comprar para utilizarlos. Los carnés de limpiabotas, mozos de equipaje o vendedores ambulantes que eran obligatorios en los años 50 y 60 del pasado siglo, incluyendo las fotografías de los interesados. Hablaremos de la Comisión de Becas para estudiantes pobres que cada año facilitaba con su apoyo económico que un puñado de jóvenes pudiera seguir estudiando (alguno de ellos, les adelanto, terminaría por dar su nombre a calles de nuestra ciudad). O, ya que estamos con la educación, recordaremos a doña Saturnina Méndez Correa, que estuvo ¡48 años! de maestra en la escuela de niños de la Estación, de 1900 a 1948.

La mayoría de las veces me centraré en el siglo XX, por aquello de la nostalgia del pasado reciente, pero también visitaremos tiempos más lejanos, para ver, por ejemplo, el caso del vecino que en 1639 pidió permiso al Concejo para sembrar un melonar en tierras comunales y cómo acabó sembrando «un poco más» del terreno otorgado. O la triste historia (no les desvelaré por ahora el resultado final) del juicio de conciliación ante el alcalde que interpuso Santiago Mora, capitán del batallón de Infantería de Las Navas, que a principios del siglo XIX solicitó que se depositase a su prometida, como si la joven fuera una mercancía, en una casa fuera de la influencia de su madre, que no quería que la niña se casara con un militar ni en pintura. O, por qué no, la curiosa, hermosa y cruel historia de ciertos escritores ilustres que aparecen en los libros de registro de enterramientos del cementerio.

Les invito a descubrir estas historias de su Archivo, pues a todos ustedes les pertenece, cada quince días. Aquí me encontrarán.

Publicado originalmente el 07/10/026 en La Cronica de Badajoz

 

 


Enviar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.