La Albuera, el campo donde murió un dragón y nació el rugby

Por Jacinto Marabel

El rugby, ese juego de brutos practicado por caballeros, es uno de los deportes más populares de nuestra época. Al menos desde hace casi doscientos años, cuando en medio de un partido de fútbol uno de los jugadores agarró el balón, lo guardó bajo el brazo y corrió hacia la portería contraria embistiendo a todos los que le salían al paso.

Aquel chico, el inventor del rugby según la leyenda, se llamaba William Webb Ellis y había perdido a su padre once años antes en el curso de la Guerra de la Independencia Española. Se trataba del teniente James Ellis, oficial del tercer regimiento de Dragones de la Guardia [eng], que cayó muerto en medio de una emboscada sobre los campos de La Albuera.

No en la famosa batalla, de la que tan sólo salió herido, sino algo más tarde. Porque el teniente Ellis continuó por estas tierras durante algún tiempo: ese mismo año combatió en Los Santos y en Usagre, y al siguiente, 1812, en los bloqueos de Ciudad Rodrigo y Badajoz. Después, una vez tomada la capital de Extremadura, marchó con un cuerpo de caballería hasta Villafranca con la misión de despejar de franceses el sur de la provincia. Pero los imperiales se encontraban más cerca de lo esperado y el 11 de junio les sorprendieron en Llera, dando muerte a trece hombres y haciéndose con ochenta y cinco caballos. Los ingleses lograron recuperar las monturas al día siguiente en Berlanga, arrebatándoselas a los forrajeadores que las custodiaban, y emprendiendo rápidamente la retirada hasta La Albuera, donde montaron el campamento. Los franceses les siguieron la pista y el 1 de julio cayeron por sorpresa sobre ellos, tomando prisioneros a veinte hombres que formaban el piquete de guardia. Inmediatamente, el escuadrón de dragones del teniente Ellis salió al socorro de sus camaradas, trabándose una lucha sin cuartel en la que de nuevo los ingleses se llevaron la peor parte.

Una bala traicionera terminó con la vida del teniente Ellis. Y el lance podría haber pasado a engrosar sin más los estadillos de la guerra, si no fuera porque los meandros del azar son caprichosos a los propósitos de los hombres. Pues en efecto, la cosa fue que el teniente Ellis dejó viuda en Inglaterra, Anna Webb se llamaba, a la que la escasa pensión que le legó el gobierno apenas le daba para malvivir con sus tres hijos en Exeter y tuvo que ser acogida por unos parientes en Rugby, una pequeña localidad situada a unos cincuenta kilómetros al oeste de Birmingham, donde andando el tiempo habrían de estudiar los niños: William, de cinco años, Thomas, de tres, y James, de apenas uno por aquel entonces. Así que, si la pérfida bala de un francés no se hubiera cruzado en el camino del teniente Ellis, quizás aquella mañana de 1823 su primogénito no habría estado jugando al fútbol en el colegio de Rugby, ni probablemente habría rememorado la célebre carga del tercer regimiento de Dragones de la Guardia en La Albuera, cuando agarrando el balón, lo escondió bajo el brazo y embistió a medio equipo rival, dando por inaugurado un nuevo deporte.

Ni qué decir tiene que en la Rugby School están muy orgullosos de su antiguo alumno, al que en 1895 le dedicaron una placa recordando la gesta y aún cien años más tarde una estatua acreditando la paternidad de este deporte universal. Porque lo cierto es que, leyenda o no, y pese a los descreídos de turno, el nombre de William Webb Ellis estará para siempre ligado a los orígenes del rugby, así que nada os impida elucubrar con lo que habría pasado si la bala de un pérfido francés no hubiera acabado con la vida de un dragón sobre la campiña extremeña. Pensadlo cuando visitéis La Albuera, porque los designios del destino son inescrutables.

La muerte del teniente Ellis podría haber pasado a engrosar sin más los estadillos de la guerra, si no fuera porque los meandros del azar son caprichosos a los propósitos de los hombres.


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