La espada de Pizarro y el Quijote escocés

Por Jacinto J. Marabel

Extremadura ha sido siempre cuna de ilustres personajes. Algunos de ellos incluso ostentan un capítulo propio en el gran libro de la Historia Universal, como Francisco Pizarro, el glorioso conquistador del Imperio Inca. Sin embargo, apenas quedan vestigios personales que le recuerden en su Trujillo natal. Un jirón de la camisa que llevaba puesta cuando fue asesinado por los conjurados del joven Almagro se exhibe en el Museo del Ejército de Toledo. Y otro tanto pasa con la celebérrima espada con la que trazó la limes que trasgredieron los Trece de la Fama en la isla del Gallo, hoy presente en la Armería Real de Madrid.

La espada de Francisco Pizarro, valientemente esgrimida frente a sus magnicidas y a la que se le atribuían poderes sobrenaturales, fue rescatada por su hermano Hernando y traída a Trujillo, en donde durante más de trescientos años sus descendientes la conservaron a buen recaudo. Hasta que Jacinto de Orellana Pizarro y Contreras, VIII marqués de la Conquista, se la prestó a un aventurero escocés llamado John Downie, del que se llegó a escribir que “por su carácter caballeresco no parece sino que es hijo de Cervantes, como el Quijote”.

“El asesinato de Pizarro” de Graciano Mendilaharzu (1886)

“El asesinato de Pizarro” de Graciano Mendilaharzu (1886)

Sin duda Juan Downie, como era conocido por los españoles, fue un personaje novelesco. Este presuntuoso, extravagante e irresistible seductor nació en Stirling [eng.], una localidad a sesenta kilómetros del oeste de Edimburgo, en 1777. Como tantos otros segundones de familias de hacendados, probó fortuna en ultramar y durante un tiempo se ganó la vida en los puertos del Caribe. Después, arruinado, emprendió carrera como mercenario. Al poco conoció a Francisco Miranda, que por entonces proyectaba el levantamiento de Venezuela con la ayuda estadounidense, y participó en aquel desembarco. Fracasada la insurrección, Juan Downie regresó a Gran Bretaña, donde dos años más tarde se alistó como comisario de guerra en el cuerpo expedicionario que, comandado por el general John Moore, arribó en la Península para hacer frente a Napoleón.

Pero al poco tiempo, el Ejército británico fue perseguido y arrojado literalmente al mar por las tropas francesas. Juan Downie quedó aislado y desesperado, vigilando un almacén de víveres en Castelo Branco, a unos setenta kilómetros de la frontera española. Hasta que un día, a mediados de mayo de 1809, sintiéndose atraído por el fragor de los cañonazos, embridó su caballo y galopó hasta las inmediaciones del Puente de Alcántara. Y allí se le reveló su particular camino de Damasco, cambiando por completo el curso de su destino.

El paso del puente era intensamente defendido por un grupo de portugueses, la Leal Legión Lusitana [eng.], comandados por el mayor Robert Thomas Wilson [eng.]. Esta unidad, que estuvo formada por voluntarios locales instruidos por oficiales británicos, acabó siendo disgregada en batallones de cazadores del Ejército regular, pero lo que llegó a vislumbrar por entonces la inquieta mente de Downie no fue sino una oportunidad para alzarse en condotiero de estas tierras, sin más ligaduras que las de aquel señor a quien arrendara sus servicios.

Apelando al invencible espíritu de los tercios españoles, dedicó los meses siguientes a persuadir a unos y a otros, buscando un mecenas que financiase su soñada mesnada. Hasta que a finales del otoño de ese mismo año, en una de aquellas afamadas veladas que Lord Wellington ofreciera en su palacio de Badajoz, debió cautivar a doña Bárbara de la Plata y Quintana Padilla, condesa de Campo Rey y consorte del citado marqués de la Conquista. Downie ejerció más que nunca de Don Juan y consiguió que aquella dama no sólo le mostrase la espada de Pizarro, atesorada durante siglos por la familia de su esposo, sino que “como podría padecer extravío, propuso a Downie que se sirviera de ella, para que dicha arma proporcionase a España nuevos laureles en la guerra más inicua y villana que contra pueblo ninguno se intentó, con condición de que acabada la guerra o en su caso de morir, volviese a poder suyo o de sus sucesores.

Retrato de Juan Downie con la espada de Pizarro, donde se puede apreciar la guarnición de gavilanes curvos en dirección opuesta, pomo damasquinado de oro y puño cubierto de hilo de plata

Retrato de Juan Downie con la espada de Pizarro, donde se puede apreciar la guarnición de gavilanes curvos en dirección opuesta, pomo damasquinado de oro y puño cubierto de hilo de plata

Espada de Pizarro. Pieza exhibida en la Real Armería de Madrid

Espada de Pizarro. Pieza exhibida en la Real Armería de Madrid

Juan Downie viajó entonces a Gran Bretaña a fin de oficializar aquella excentricidad que había concebido. Un par de meses más tarde y ya de nuevo en España, recogió la famosa espada de manos de la condesa y siguió hasta Cádiz, donde en junio de 1810 consiguió que la Regencia le nombrase coronel de un escuadrón o cuerpo volante que dio en llamar Los Leales de Pizarro. Fiel a su palabra, vistió a aquellos hombres a la antigua usanza y, con sombrero de ala ancha, jubón y camisa, los mandó a desfacer entuertos. De tal guisa, podemos imaginar las afiladas coplillas que los gaditanos dedicaron a tan extemporáneos conscriptos y el desconcierto del mismísimo mariscal Soult, que llegó a confundirlos con una compañía de cómicos ambulantes. Pero muy pronto todos hubieron de callar, pues los intrépidos Leales de Pizarro se labraron una inmejorable reputación, combatiendo con sus jubones y sus picas, tanto en las calles de Don Benito como en las inmediaciones de Arroyomolinos, en marzo y octubre de 1811.

Por estas y otras acciones, Juan Downie fue ascendido a brigadier, solicitando entonces a la Regencia que se aviniera a ampliar sus huestes con cuatro batallones de infantería, tres escuadrones de caballería ligera y una compañía de artillería de campaña. La unidad fue rebautizada en 1812 como Leal Legión Extremeña, pero ni de lejos llegaría a alcanzar tales efectivos. Aunque sí a protagonizar uno de los sucesos más inauditos de toda la Guerra de la Independencia. Ocurrió en agosto de ese mismo año, cuando las tropas francesas se retiraban de Sevilla. Aprovechando el repliegue, españoles y británicos se enfrentaron a la retaguardia del mariscal Soult en Castilleja de la Cuesta, y en sus inmediaciones lo derrotan y persiguen hasta el Puente de Triana. Fue entonces cuando Juan Downie revive el quijotesco episodio de los molinos de viento.

“Lanceros de la Legión Extremeña” óleo de Augusto Ferrer Dalmau (2010)

“Lanceros de la Legión Extremeña” óleo de Augusto Ferrer Dalmau (2010)

Sobrevino el mismo cuando, al llegar a la cabeza del puente y sin pensárselo dos veces, aquel trotamundos escocés arengó a los suyos, se encomendó a Dios y al Diablo, espoleó su montura y, enarbolando la espada de Pizarro, cargó raudo contra la batería francesa situada en el otro extremo. Ni los proyectiles que afeitaban las crines de su caballo ni el vocerío de sus lanceros implorándole que se detuviera, refrenó aquel desatino. Alcanzó el cañón enemigo cosido de balazos y comenzó a repartir mandobles a diestro y siniestro, hasta que una última descarga a quemarropa le hizo caer del caballo. Antes de que le agarraran los franceses aún tuvo fuerzas para arrojar la espada hacia sus hombres; después, le amarraron a una pieza de artillería y se lo llevaron por la carretera de Córdoba, tal como iba, sangrando y desfallecido. Un pelotón de la Leal Legión Extremeña lo encontró abandonado poco después, junto a la entrada de Marchena; tenía el rostro desfigurado y había perdido el ojo derecho.

El rey Fernando VII premió aquella temeraria gesta nombrándole teniente alcaide de los Reales Alcázares. Aquí dio muestras de dudoso gusto ordenando encalar las estancias y policromar los preciados estucos mudéjares, y tanta maña empleó que aún hoy no ha sido posible reparar el estropicio. Y en el mismo Alcázar sevillano protagonizó el advenedizo escocés un ulterior acto ligado al acero del conquistador extremeño.

“Battle of Seville” Litografía de William Heath (1815)

“Battle of Seville” Litografía de William Heath (1815)

Sucedió diez años más tarde, cuando los Cien Mil Hijos de San Luis del duque de Angulema pusieron cerco a Cádiz y el gobierno liberal recluyó al rey en los Alcázares con la intención declararle temporalmente demente. Juan Downie desempolvó la espada de Pizarro y se puso al frente de la facción realista con la intención de rescatar a Fernando VII, pero la conjura fracasó y en un histriónico acto, acabó por entregar la espada a su captor, el general Francisco Copons y Navia. Nunca más volverá a reencontrarse con la famosa pieza, puesto que si bien estuvo poco tiempo preso en el castillo de Santa Catalina de Cádiz y, una vez rescatado por los tradicionalistas, fue consolidado en su cargo y condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando, murió tres años más tarde sin tiempo de recuperar la espada, que fue llevada a Madrid por los liberales.

Así, desde 1823 la espada de Pizarro pasa por ser una de las piezas principales de la Real Armería, de la que ha salido en contadas ocasiones. El rey Alfonso XII inauguró la Exposición Americana de 1881 descubriendo un armario de caoba y cristal donde se exponía esta pieza. Con motivo del centenario de la Guerra de la Independencia fue mostrada en la instalación de la Casa Real, ubicada frente al Palacio de Oriente. Y en 1930 fue portada por un oficial de marina, junto a las de los Reyes Católicos y la de Hernán Cortés, en un homenaje a los descubridores organizado en Sevilla.

John Downie condecorado con la Laureada de San Fernando en una litografía contemporánea en la que se recuerda su acción sobre el Puente de Triana.

John Downie condecorado con la Laureada de San Fernando en una litografía contemporánea en la que se recuerda su acción sobre el Puente de Triana.

Tan sólo en una ocasión la espada de Pizarro regresó a Trujillo. Fue en 1941, con motivo del cuarto centenario de la muerte del fundador de Lima, cuando esta pieza se erigió en protagonista absoluta de un acto castrense en el que también intervino el ministro plenipotenciario de Perú. Desde entonces, ese patrimonio tangible de todos los extremeños que es la espada de Pizarro ha venido siendo reclamada con insistencia por parte de diversos colectivos culturales. Fue prestada hace más de doscientos años, por lo que es  tiempo ya de que vuelva a su lugar de origen.

La espada de Pizarro fue traída a Trujillo, donde durante más de trescientos años sus descendientes la conservaron a buen recaudo.


Bárbara de la Plata y Quintana, consorte del marqués de la Conquista, propuso a Downie “que se sirviera de la espada, para que dicha arma proporcionase a España nuevos laureles en la guerra más inicua y villana que contra pueblo ninguno se intentó”.


Los intrépidos Leales de Pizarro se labraron una inmejorable reputación, combatiendo con sus jubones y sus picas, tanto en las calles de Don Benito como en las inmediaciones de Arroyomolinos, en marzo y octubre de 1811.


Tan sólo en una ocasión la espada de Pizarro regresó a Trujillo. Fue en 1941, con motivo del cuarto centenario de la muerte del fundador de Lima. Tiempo es ya de que vuelva a su lugar de origen.


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